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Imaginemos que una agencia de comunicación se ha dedicado a desarrollar la estrategia digital de una compañía durante varios años. Pongamos que era una organización hasta entonces anclada en el pasado que necesitaba una modernización. La agencia creó redes sociales para la compañía por primera vez, desarrolló una web adaptada a los nuevos tiempos con una presentación atractiva y contenidos de interés, actualizada varias veces a la semana y trató de formar a los directivos en nuevas competencias digitales.

Pese a las reticencias de algunos de estos directivos, el trabajo comenzó a dar sus frutos y la organización comenzó a expandir su influencia no sólo por canales tradicionales sino también por las redes sociales, consiguiendo librarse no sin esfuerzo de su imagen de empresa desactualizada y lastrada en el tiempo.

Pero he aquí que llegaron las elecciones. Porque esta empresa era una organización de carácter empresarial formada por asociados que se inscribían de forma voluntaria y la junta directiva debía ser elegida democráticamente cada cuatro años. El nuevo presidente que salió elegido de estas elecciones, un joven cuyas ambiciones eran mucho mayores que su experiencia, tomó como primera medida romper con lo anterior, prescindiendo de la directiva anterior por completo y despidiendo a la agencia de comunicación que había convertido a la empresa en referente ante los medios de comunicación y que la había modernizado con una estrategia digital.

El trabajo comenzó a dar sus frutos y la organización comenzó a expandir su influencia no sólo por canales tradicionales sino también por las redes sociales

 

De este modo, las decisiones que tomó el nuevo presidente en cinco sencillos pasos arruinaron todo el trabajo realizado hasta el momento:

  1. Despidió a una agencia sin ningún motivo solo para romper con lo anterior y poder nombrar a gente “de su confianza”.
  2. La agencia que nombró para sustituir a la anterior no tenía ninguna experiencia en el sector ni preparación en estrategias digitales. Su única valía era la amistad personal con el nuevo presidente.
  3. La estrategia digital pasó a ser no secundaria sino terciaria en las prioridades de la nueva directiva.
  4. Encargaron a la nueva agencia la gestión de las redes sociales a la nueva agencia, sin preparación ni Community Managers en su seno. Lo primero que hicieron fue dejar de publicar de forma periódica, lanzando posts solo de forma episódica y sin ningún interés ni foco. Consiguieron en pocos meses el total abandono de estas redes sociales como un recurso de comunicación válido.
  5. La nueva agencia tampoco diseñó ninguna nueva estrategia de comunicación, rechazando la continuidad con el trabajo realizado pero sin proponer nada nuevo.

Esto que parece un caso extremo está basado en casos reales nada descabellados. Desafortunadamente, queda todavía mucho por hacer para concienciar a los directivos de todo tipo de empresas de confiar la estrategia de comunicación de sus empresas en manos expertas y especializadas. La amistad no es un valor ni tampoco lo es el amateurismo.

 

 

 

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